Por eso, aunque también tengo la edición en castellano, siempre he preferido la original, porque Ching, sus dibujos, la arquitectura americana y el idioma inglés encajan perfectamente, tuerca por tuerca, ojal por ojal. Y porque he aprendido a heredar la economía británica, a estudiar, pasear, soñar, trabajar y jugar al mismo tiempo.
Francis D. K. Ching y su
A Visual Dictionary of Architecture me han regalado tres cosas a la vez: dibujo, inglés y arquitectura. He pasado tardes leyéndolo como si de Rayuela se tratase, rastreando ideas y palabras a lo largo de 320 páginas de fantasía, y alguna vez he tratado de imaginar un medio a mi alcance en el que algún día escribir un homenaje.
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